Florencio era un joven surfista de Mar del Plata, Argentina, que cada vez que se metía en el mar con su tabla sentía la libertad y el desahogo que buscaba desde chico, desde que su papá lo maltrataba físicamente. Florencio había encontrado en la práctica del surf y en las olas del mar una parte de la medicina espiritual que necesitaba.

Pero el mar y la adrenalina de subirse a su tabla sobre una hermosa ola no le alcanzaban para desahogarse del dolor de su alma, de sus tristes recuerdos en su mente y en su corazón sobre su mala relación con su padre, que además de golpearlo cuando era niño lo abandonó a los 14 años de edad y nunca más supo de él. Florencio también se sumergía en algunas drogas cada dos por tres para intentar sentir algo diferente, quizás para intentar comprender, sin ser muy consciente, por qué su padre lo había golpeado y lo había abandonado.

Su rutina era simple en verano: se levantaba a la mañana, agarraba su tabla, la montaba sobre su moto e iba directo hasta Playa Grande, cerca del puerto de Mar del Plata. Surfeaba algunas horas para luego ir a trabajar a un bar de playa de ahí cerca. Trabajaba hasta las 22 horas y luego se iba a su casa a fumarse un porrito y tomarse una cerveza tranquilo. Así pasaba la mayor parte del verano cuando no tenía alguna otra cosa que hacer, como ir a lo de un amigo o cualquier otra cosa.

Todas las veces que se metía al mar con su tabla, unos instantes antes de eso, algo sentía, algo le llamaba la atención en el agua, como si algo lo llamara desde adentro del mar. Muchos años estuvo queriendo saber qué era eso que sentía en su pecho. Les preguntó a algunos de sus amigos de surf si sentían algo así algunas veces pero no le supieron decir nada concreto.

Otra cosa extraña que le pasaba a Florencio era que cada vez que pasaba por el puerto de Mar del Plata le llamaba mucho la atención la estatua del Hombre del mar, una escultura parecida a las de Poseidón que hay en muchos lugares del mundo. Él pensaba que esa atracción que sentía por esa escultura era normal ya que a él la energía del mar le atraía mucho, y creía que esa debía ser la causa. Pero a sus amigos eso no les pasaba.

Una mañana de verano, un día que no trabajaba, Florencio decide ir a surfear a otra playa, a Waikiki. Toma su tabla, su moto y se dirige directamente hasta esa extraña playa marplatense. Luego de un rato de surfear algunas olas, de repente toma una ola que tenía mucha fuerza pero se cae de la tabla y se golpea muy fuerte la cabeza contra la arena del suelo. Florencio se desmaya. Por suerte un amigo de él que estaba ahí se da cuenta de la situación y lo rescata antes de que el joven se ahogara. Sin embargo, luego de que los rescatistas de la playa llamaran a una ambulancia y lo llevaran rápidamente al Hospital de la Comunidad de Mar del Plata, Florencio entra en coma.

Florencio estuvo dos semanas en coma y de un momento a otro se despertó. A los días de haberse despertado contó que en una visión que tuvo estando en coma un hombre muy grande y musculoso lo llamaba desde el mar; que él estaba en la playa con su tabla por entrar a surfear y este hombre, muy parecido a Poseidón, lo llamaba desde el agua. Poseidón estaba radiante en esa aparición, según Florencio. El dios del mar entonces le dijo: “yo puedo limpiarte el cuerpo cada vez que entras en el mar pero para sanar tu herida más profunda en el alma tienes que ver al chamán”. Poseidón también le dijo: “cada vez que entres en mi cuerpo conéctate conmigo, llámame”.

Florencio nunca había escuchado la palabra chamán o si lo había hecho nunca le había prestado atención. Esto fue lo único que Florencio se acordó de su estado de coma.

Pasaron dos años antes que Florencio se animara a volver a surfear, y cuando lo hizo, lo primero que recordó al entrar al mar fue el mensaje de Poseidón. Sin embargo, estuvo un año pensando y pensando en ver al chamán. Él no conocía a ningún chamán ni sabía cómo contactar a uno. Pensó que quizás se tenía que ir a Perú o al Amazonas a buscar un chamán. No sabía qué hacer al respecto. Pero las palabras de Poseidón sobre que lo llamara cuando entrara al mar le habían inquietado el corazón. Esta inquietud lo empujaba a intentar solucionar la cuestión. Aún no se animaba mucho a surfear como antes del accidente, pero tenía muchas ganas de hacerlo. Entonces decidió hablarle a Poseidón. Una mañana de otoño muy fría en Mar del Plata, tomó su moto y se fue hasta las playas de los acantilados; él sabía que allí no habría nadie y podía intentar hablarle a Poseidón sin que nadie se diera cuenta de ello. Fue así que se paró en la playa Luna Roja, frente al mar y comenzó a llamar en voz alta a Poseidón. Le gritó muchas veces. Él mismo se sorprendía de lo que estaba haciendo. Le dijo a Poseidón gritando, ya un poco enojado: “Si tengo que ver al chamán conseguime uno”. Y se fue de la playa.

Ya en el invierno, Florencio hacía muchos meses que no se metía al agua, y hasta se había olvidado de lo que le había pedido a Poseidón. El joven hasta evitaba pasar por la estatua del dios del mar en el puerto. Florencio había entrada en un estado de depresión importante. Había comenzado a tener sueños muy densos y también había intensificado su consumo de alcohol y marihuana. La estaba pasando muy mal.

Hasta que una tarde de ese invierno, caminando por la calle Guemes, Florencio se encuentra de “casualidad” con una muy vieja amiga, una compañera de la escuela primaria. Ella, Juliana le dice después de charlar un trato: “che, qué mal se te ve, ¿por qué no vas al chamán que voy yo?, seguro te va a ayudar. La cara de Florencio se iluminó como hacía mucho no lo hacía. Inmediatamente se acordó de todo lo que le había sucedido con Poseidón. Le pidió el contacto a Juliana y ese mismo día concretó una sesión con el chamán para la semana entrante, aunque tuviera que viajar hasta Buenos Aires.

En la primera sesión con el chamán, Florencio le cuenta todo a éste. El chamán pensó que el joven era un poco delirante y mucho interés al relato de Florencio no le dio. Sin embargo, en el primer viaje que hace el chamán para buscar sus fracturas del alma se le aparece el Espíritu del Mar y le dice: “esta alma sanará cuando perdone a su padre”. La sorpresa que se llevó el chamán con la aparición del Espíritu del Mar en el viaje fue tan fuerte que luego le pidió disculpas al joven por no haberle creído.

El chamán le contó todo lo sucedido a Florencio al finalizar su viaje chamánico. Le devolvió ocho fracturas del alma relacionadas con el accidente en el mar y con maltratos de su padre cuando era pequeño. Sin embargo le dijo: faltan recuperar muchas más. El joven al escuchar esas palabras comenzó a llorar. Cada una de las fracturas del alma que el chamán le describía él recordaba los hechos que habían sucedido.

Florencio y el chamán hicieron tres sesiones más durante unos meses. Al llegar el verano Florencio le pide otra sesión al chamán pero éste le dice: “si trabajamos profundamente el tema del perdón a tu papá hacemos la sesión, sino no”. Florencio estuvo de acuerdo y unas semanas después tuvieron la última sesión chamánica. En esa sesión el chamán pudo recuperar nueve fracturas del alma relacionadas con el abandono que sufrió por parte de su padre. Y entonces le dijo: “Ahora, que estás más entero, vas a poder perdonarlo; ahora vas a poder administrar esa energía emocional que te había dominado; date unas semanas, andá al mar y pedile ayuda a Poseidón; después andá a ver con tu papá y abrázalo muy fuertemente; si querés no le digas nada, sólo abrázalo, él va a entender”. Y eso hizo Florencio. Y con el tiempo fluyó mejor la relación con su padre.

Ahora, unos años después, Florencio le enseña a surfear a otras personas en Mar del Plata, y a cada una de esas almas les dice antes de entrar al mar: “Pedile permiso y protección al Espíritu del Mar”.

Y cada vez que Florencio entra a surfear al mar lo llama al Espíritu del Mar, le pide que lo limpie y lo ayude. Esa es la conexión espiritual con la naturaleza que Florencio logró. Y su padre a veces lo va a visitar a la playa.

Bendiciones.

Martín Armando

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